MENSAJE A LOS PARTICIPANTES
Directivos y personal de las Instituciones Educativas Metodistas de América Latina
Iglesia Metodistas Nacionales
Sociedad en general
Pero un samaritano, que iba de camino, se acercó al hombre y, al verlo, se compadeció de él y le curó las heridas con aceite y vino, y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura y lo llevó a una posada, y cuidó de él.”
Lucas 10:33-34

Reunidos en la Ciudad de Lima, Perú, del 2 al 4 de octubre de 2026, representantes de las instituciones educativas metodistas de Argentina, Belice, Bolivia, Brasil, Chile, Costa Rica, Estados Unidos de América, El Salvador, Honduras, México, Panamá, Perú y Uruguay, convocadas por la Asociación Latinoamericana de Instituciones Educativas Metodistas (ALAIME), reflexionamos acerca del tema: “Pedagogía de la ternura y del cuidado: enfoques en la educación metodista”.
En ese marco reconocimos que actualmente nos encontramos en un contexto sociohistórico de grandes cambios estructurales en los social, lo político, lo económico, lo cultural y lo tecnológico, que abarcan no sólo la Región de América Latina y el Caribe, sino todo el mundo.
Estas transformaciones contemporáneas representan desafíos y oportunidades para el trabajo integral de nuestras instituciones educativas metodistas, pero a la vez se manifiestan como verdaderas crisis de orden sistémico dentro de la oikumene que hoy habitamos, con sociedades cada vez más fracturadas por la polarización radicalizada en
lo ideológico y lo político, a través de los discursos de odio, la creciente institucionalización de la violencia en la sociedad civil y la sociedad política, la desigualdad y la exclusión social, el aumento de la pobreza extrema y el vaciamiento progresivo del Estado Social y Democrático de Derecho como garante colectivo de aquellos Derechos Humanos fundamentales inherentes a la vida de nuestros pueblos.
La situación de los países representados en este encuentro pone en evidencia la desigualdad, la injusticia, la fractura social y la destrucción de la casa común, por lo que hablar de un Dios del cuidado y de la ternura, es una tarea urgente. Partimos de una convicción: el ser humano no llega a ser plenamente humano sin afecto ni ternura. Así
lo afirma la pedagogía de la ternura, nacida en el Perú en tiempos de violencia, y así lo reconoce nuestra fe, en cuanto toda persona es imagen de Dios y está llamada a florecer.
Jesús es el Maestro de la pedagogía del cuidado. En Él se nos revelaron el amor y la misericordia de Dios en palabras, gestos y acciones. Jesús acoge, escucha, comparte la mesa y pone a niñas y niños en el centro. Su visión del Reino nos invita a vivir cada encuentro como una verdadera epifanía del otro.
Por eso, educar es acompañar y crear comunidad. Las instituciones educativas metodistas tenemos por vocación generar condiciones que propicien prácticas éticas, proféticas, políticas y espirituales de liberación en nuestros propios contextos de labor.
Éticas, porque nos preguntamos si lo que decimos y hacemos hace florecer la dignidad. Proféticas, porque resignificamos las narrativas que naturalizan la violencia y la exclusión. Políticas, porque trascendemos el aula y repensamos nuestras instituciones en el espacio público. Espirituales desde la visión del Reino de Dios, porque cultivamos el vínculo, la escucha y el asombro ante cada persona.
Cuidar no es poseer ni dominar; es proteger, cultivar y acompañar. Este compromiso es camino y proceso, como cuidadoras y cuidadores, acompañamos el florecimiento de cada estudiante en todas sus dimensiones.
El camino de Jericó sigue pasando hoy frente a nuestras instituciones. En la parábola del buen samaritano, un hombre ve a alguien herido y se conmueve; se acerca, venda sus heridas, lo carga en su propia cabalgadura y lo lleva a una posada, donde cuida de él. Al día siguiente lo confía al posadero con un encargo, “cuídalo”, y se compromete a volver y hacerse cargo de lo que falte (Lucas 10:33-35).
Allí encontramos la pedagogía de la ternura y del cuidado: ver, conmoverse, acercarse, curar, acompañar y no desentenderse. La ternura es lo que detiene al samaritano; el cuidado es lo que hace después, y la posada nos recuerda que nadie cuida solo, hace falta una comunidad que reciba, sostenga y continúe la tarea.
Que nuestras instituciones educativas metodistas sean esa posada en el camino, y que cada educadora y cada educador, tanto en el aula como en lo institucional, escuche como propio el encargo: “cuídalo”.



