Educar en tiempos de incertidumbre

Ponencia del Pastor Raúl Sosa
- Congreso de ALAIME, Porto Alegre, 11/10/19 -
La educación metodista en tiempos de incertidumbre

No es necesario justificar el título del Congreso de ALAIME y de esta charla puesto que la incertidumbre es uno de los datos más evidentes de la realidad, dada su manifestación en todas las dimensiones de la vida –personal, familiar, comunitaria y social–, y en los más diversos campos del quehacer humano –económico, laboral, de la seguridad ciudadana, etc.–. Por supuesto, la educación no puede ser una excepción. Nadie mejor que ustedes, educadoras y educadores para acreditarlo.

La incertidumbre atraviesa vivamente nuestro tiempo desde el plano más puntual e inmediato de la cotidianeidad hasta el plano más amplio del devenir de la historia. Razón por la cual, ya nos hemos acostumbrado a escuchar que lo más cierto de nuestro tiempo es lo incierto y también estamos acostumbrados a que la inseguridad, en su más amplio espectro de significación, se haya vuelto un tema permanente en las conversaciones informales, en la información y el análisis periodístico y en el debate político. Por eso en mi país es común escuchar, casi como una letanía, ante sucesos que avivan la conciencia de nuestra fragilidad y de la fragilidad del momento “¿En qué mundo estamos?” “¡Adónde vamos a parar!”.

 

Dos tipos de Incertidumbre

 

El sentir que estamos en una situación donde todo es muy endeble y tambaleante se agudiza por la suma de dos tipos de incertidumbre. Por un lado, aquella que es propia de la vida humana, que por sus limitaciones naturales y por su finitud, inevitablemente está expuesta a la precariedad y provisoriedad de todas sus obras, y a las contingencias del tiempo. Porque el ser humano es ser en el tiempo, siempre su vida es contingente, siempre está ceñida a probabilidades diversas, incluso, muchas veces, azarosas. Para decirlo de otro modo un poco más llano, los seres humanos no poseemos garantías últimas de nada, no contamos con esas garantías que dan certezas o que provienen de las certezas.

El otro tipo de incertidumbre que configura nuestro panorama actual, que se añade al anterior, que lo ahonda y lo hace más vívido, está marcado por la época que nos toca vivir; o mejor dicho, por el cambio de época del que somos, al mismo tiempo, objetos y sujetos, pero que sin importar donde nos ubiquemos, igualmente nos convierte en presa de sus efectos.

La modernidad, si no ha llegado a su final, está herida de muerte, especialmente en los pilares más sólidos y estructuradores de la mentalidad, de los valores y del espíritu característicos de dicho período, que tanto optimismo suscitaron y a tanta certeza dieron lugar hasta las últimas décadas del siglo pasado.

Por ejemplo, la seguridad ofrecida por la ciencia que se postuló mediante el cientificismo como razón única o sistema único de verdades, que prometió develar y resolver todos los misterios para que la humanidad pudiera superar de una buena vez la ignorancia y el oscurantismo que la mantenía en estado de infantilidad y sometimiento, y que además generó la expectativa de liberar al ser humano de las enfermedades y de todo aquello que limitara su máximo desarrollo; esa seguridad hoy está completamente resquebrajada. Y está resquebrajada no solo porque la ciencia no pudo cumplir su promesa, debiendo aceptar con humildad sus limitaciones, sino que, además, tuvo que reconocer que no era tan prístina y neutral como aparentaba, pues en reiteradas y dolorosas ocasiones se descubrió siendo útil al mal, o al bien de unos pocos privilegiados, o cayó en la cuenta de que se había convertido en una herramienta frecuentemente funcional a los intereses de los poderes encargados de financiar sus investigaciones.

 

También ha caído por tierra la idea de que el mundo estaba encaminado hacia un progreso ilimitado y un crecimiento económico ilimitado, en virtud de lo cual las sociedades podían estar seguras de que transitaban hacia un feliz destino por la vía de un desarrollo lineal y ascendente. Este convencimiento era tan absoluto que los pueblos más retrasados en esta marcha podían mirar el futuro con optimismo porque si copiaban el modelo de los más adelantados, ya fuera que el modelo se basara en la iniciativa y la propiedad privada o en la estatal, su evolución era tan previsible como garantizada. Hoy no hay nadie que pueda sostener seriamente que es posible un crecimiento económico ilimitado porque el colapso ecológico está a la vuelta de la esquina. Tampoco hay quien pueda mantener una visión de la historia determinista, mecanicista, lineal y homogénea, porque la propia historia y las crisis nos han mostrado que la relación entre presente y futuro no es lineal, sino que es tan compleja que ni el presente ni el futuro pueden ser reducidos a esquemas unidimensionales.

Un último ejemplo: la modernidad tuvo una visión tan segura de sí misma que se creyó en condiciones de delinear el futuro como una gloriosa extensión y plenificación del presente. Estos augurios se presentaron con diversos formatos, según se ubicaran a la derecha o a la izquierda en su comprensión de la realidad y de la historia, pero todos poseían el común denominador de un tiempo de máximo equilibrio, paz y felicidad. En efecto, la modernidad dio a luz confiadas utopías que se presentaron como palpables y a la vuelta de esquita. Pero no fue así, ni el capitalismo ni el mercado han cumplido los sueños prometidos, ni el consumismo ha podido dar la satisfacción que permanentemente ofrece, ni las revoluciones concretaron las esperanzas que despertaron; por lo cual, las utopías no solo no se consumaron sino que fueron reemplazadas por diversas distopías: de contenido social, o técnico-científico, o ecológico, o incluso religioso, pero en todas ellas se nos presenta la imagen de un futuro más trágico que glorioso, más pesimista que optimista, más árido que ideal.

Ciertamente hoy nos toca vivir en tiempos de incertidumbre porque a la provisoriedad y contingencia natural del ser humano se le suma la caída de todas aquellas certezas y fundamentos que estructuraron una visión de la realidad y de la historia, que estructuraron una vía mediante la cual alcanzar el conocimiento para apropiárselo como un saber acumulable e imperecedero, que estructuraron las relaciones y las nociones de familia, comunidad y sociedad, y que impregnaron de un eufórico optimismo las expectativas de futuro.

 

Los beneficios del cuestionamiento a la modernidad

 

Por supuesto que, si hacemos un balance de este cambio de época y de la incertidumbre que lo atraviesa, estamos muy lejos de que todo sea negativo y menos aún catastrófico. Por el contrario, hay muchísimos datos positivos que no solo no hay que perder de vista sino que hay que valorar y profundizar. Solo al pasar, permítanme mencionar algunos de los más importantes.

– La creciente emancipación de la mujer que ha dado lugar a una perspectiva de género que cuestiona radicalmente al paradigma patriarcal dominante. Sin duda, queda muchísimo por andar, pero los logros y avances son innegables e irreversibles.

– El desarrollo de la visión sobre los derechos humanos que ha permitido pasar del limitado reconocimiento de derechos personales a una gama de derechos de los pueblos, sociales, culturales y de género, que se plasma en esa nueva agenda que gana terreno.

– La superación de patrones de vida únicos, rígidamente homogéneos y hegemónicos, en virtud de la aceptación y valoración de la diversidad como un signo de los tiempos y como una condición básica para la inclusividad.

– Una conciencia ecológica que va ganando lugar en las políticas públicas y en la cotidianeidad, aunque tal vez de manera mucho más lenta de lo debido, pero que parece estar encarnándose con mayor vigor en las nuevas generaciones, tanto que se han puesto a la vanguardia en este tema, como es el caso de Greta Thunberg y el movimiento Fridays for future.

– La globalidad, sin poner el acento en el ámbito económico donde es más discutible y ambivalente, sino en el cultural. Las facilidades que hoy tenemos en la comunicación, en el acceso a la información, en la movilidad, no solo hace posible la comprensión de que somos un mundo y, por lo tanto, somos de alguna manera partícipes en las causas y consecuencias de lo que acontece más allá de nuestro territorio pequeño, sino que, además, posibilita el encuentro de culturas muy diferentes y distantes, su hibridaje y mutua dinamización. Indudablemente ese contacto y cercanía tiene muchos más efectos positivos que negativos porque nos confronta con las más diversas costumbres y valoraciones, porque amplía horizontes mentales y espirituales, y porque como decimos en Uruguay, “te abre la cabeza”.

Este escenario positivo de los actuales tiempos de incertidumbre seguramente ya ha tenido fuertes impactos y provocado importantes cambios en la educación, cambios que yo no estoy en condiciones de enumerar, pero que ustedes sí deben registrar para valorarlos y para descubrir las virtualidades de esto que estamos calificando como “incertidumbre” –algo en lo que más adelante quisiera ahondar–, y para salir de ese sentido trágico que las crisis y las grandes transformaciones suelen despertar en sus fases iniciales cuando todo se conmueve y conmociona.

Pero así como hay elementos muy valorables en este tiempo de incertidumbre, también nos encontramos con algunos subproductos muy peligrosos y dañinos, que la educación no debe soslayar, sino que tiene que acometer con esmero y gran compromiso. Aquí me voy a limitar a señalar algunos de los que, a mi modo ver, entrañan mayor riesgo porque constituyen factores gravemente distorsionantes de la calidad de nuestra humanidad y porque son una fuerte amenaza para la vida en sociedad.

 

Los subproductos negativos de la pérdida de certezas

Vacío y consumismo

 

La pérdida de certezas suele derivar en la sensación de que se ha movido el piso, de que se está caminando en el vacío, en un vacío que se instala en el interior de las personas imposibilitándoles encontrar un sentido autentico para la vida. Pero como el sinsentido es insoportable, la tendencia, entonces, es recurrir a placebos que prometen mitigar sus efectos. Indudablemente el consumismo, en todo su espectro, se ha vuelto el recurso preferido, tanto que como dice Z. Bauman, hemos pasado de una sociedad de consumo a una sociedad de consumidores. Otro recurso muy común, que está estrechamente relacionado con el anterior, es la búsqueda del bienestar, en virtud de la cual la comodidad se ha vuelto uno de los principales valores de esta época: si no es cómodo, si no me acomoda, no sirve.

Dado que consumismo y bienestar ya han sido suficientemente analizados como tendencias de nuestra sociedad, no hace falta abundar en ello, solo es necesario decir que ambos moldean la subjetividad a partir de un “yo autocentrado”, cuya pretensión de satisfacción lo conduce a la insatisfacción, cuya noción de felicidad lo conduce a la infelicidad, y cuya ansia de bienestar lo aleja del bien ser. En efecto, el autocentramiento del yo acaba en un camino sin salida; las vías que ofrece para alcanzar la felicidad ahondan el vacío y desembocan en la ansiedad, el desánimo y la infelicidad, a veces hasta grados insufribles.

Partiendo de que una de las tareas fundamentales de la educación es ayudar a descubrir sentido, es ayudar a aprender a ser, y eso necesariamente incluye aprender a ser feliz, las educadoras y educadores, y la comunidad educativa toda, están ante la urgente y trascendente responsabilidad de promover modelos de felicidad diferentes y alternativos al actualmente imperante, basado en la lógica del poseer, del acumular y del máximo beneficio personal.

En tal sentido, el evangelio nos aporta algunas pistas muy significativas, como por ejemplo, una ética de la sencillez, de la moderación, que se conecta con aquello que decía Aristóteles de que la felicidad está ligada a cultivar el arte de lo suficiente, porque bajo el principio de lo máximo, todo resulta insatisfactorio y todo nos deja vacíos. Por eso no me canso de repetir, y de repetirme, la frase de Gandhi: “hay que aprender a vivir más sencillamente, para que otros sencillamente puedan vivir”. Hay que cultivar la sencillez, no sólo para beneficio de los otros, sino que hay que cultivarla por nosotros mismos, porque la felicidad y el bienestar radican básicamente en lo sencillo.

Otra pista de enorme significado y fecundidad la encontramos en las Bienaventuranzas, porque ellas declaran que no hay felicidad sin sentido de justicia. “Bienaventurados los que tienen hambre y sed justicia, porque serán saciados”, dice Mt 5:6. La verdadera felicidad pasa por la justicia porque ella jamás se conforma con ser felicidad solo para uno mismo. Y como la justicia siempre demanda una cuota de esfuerzo y sacrificio, bien podemos concluir que tampoco puede haber felicidad real en la comodidad del bienestar personal.

Pero la cuestión no acaba ahí, porque el evangelio añade que la felicidad también va de la mano de la bondad. Por eso el texto de Mateo agrega: bienaventurados los sensibles que pueden llorar con los que lloran, bienaventurados los mansos, los misericordiosos, los de corazón limpio, los que buscan la paz. De manera que el modelo alternativo que presentan las bienaventuranzas es que estamos llamados a ser buenos y felices, o a ser buenos para poder ser felices. Para decirlo de otra forma, las bienaventuranzas nos permiten entender que es imposible vivir felizmente volviéndonos ajenos a la bondad.

Precisamente porque la felicidad está ligada indefectiblemente a la justicia y a la bondad, y porque no hay bienestar posible que se deslinde del bien ser, pienso que justicia y bondad son horizontes que la educación debe tener como referencia prioritaria en la tarea de enseñar y aprender a ser.

 

Miedo, posfascismo y fundamentalismo

 

Otro producto negativo de la incertidumbre que hoy se observa de manera evidente es el miedo. Su incidencia en todas las dimensiones de la vida es tan fuerte y riesgosa que no se lo puede pasar por alto y, menos aún, soslayar en una reflexión sobre la educación.

No solo a causa de la inseguridad ciudadana, económica y laboral, sino también por esa inseguridad de corte existencial e ideológico-cultural provocada por el derrumbe de las certezas, el miedo se ha convertido en una dinámica social que permanentemente se retroalimenta con actitudes agresivas, con comportamientos violentos, con políticas de criminalización y de extremo control, con aumento de penas carcelarias y/o con la baja de la edad de imputabilidad, y con ideologías que promueven el fortalecimiento del poder y su concentración en personas o agrupaciones de tono mesiánico o populista. El miedo está calando tan profundamente en la sociedad y en los países, que se está cayendo en aquello que con tanta lucidez explicó Erich Fromm en su análisis del nazismo: que las sociedades presa del miedo para sentirse seguras están dispuestas a sacrificar valores fundamentales, entre ellos la libertad, y a despertar, reivindicar y legitimar lo que en otras circunstancias no dudaríamos de calificar como inhumano y deplorable.

De manera que no es casual el crecimiento en Europa y en América de corrientes de extrema derecha, militaristas y filofascistas. Como no es propósito de esta charla entrar en detalles sobre este tipo de fenómenos, me limitaré a destacar algunos puntos que Umberto Eco presentó en una conferencia en 1995, y que no hace mucho fueron recogidos en un artículo bajo el título “Las 14 características del fascismo”. Allí Eco, que lo vivió como alumno en su preadolescencia, nos aporta una serie de elementos muy importantes para comprender este fenómeno emergente del neofascismo, como lo llaman algunos autores, o del posfascismo, como lo califican otros, que directa o indirectamente afecta a la educación.

Aquí destacaré muy someramente las características que más atañan a nuestro tema.

La primera que, según Eco, forma parte de todo tipo de fascismo, es el culto a la tradición. Como la tradición se impone como valor supremo y como la verdad ya ha sido anunciada definitivamente por medio de ella, consecuentemente, afirma el autor, “no puede existir avance del saber, así que lo que resta únicamente es interpretar el mensaje de la tradición y ponerlo al día”.

Otra característica que vale la pena tener presente, que va de la mano de la irracionalidad a la que en el fondo apela el fascismo, es que propicia un activismo y un pragmatismo de marcado corte antiintelectual. “Por eso, la cultura es sospechosa en la medida en que es identificada con actitudes críticas. De la declaración atribuida a Goebbels (“Cuando oigo hablar de cultura, agarro enseguida la pistola”) al uso frecuente de expresiones como “Cerdos intelectuales”, “Cabezas huecas”, “Esnobs radicales”, o “Las universidades son un nido de comunistas”, se desprende que la sospecha en relación al mundo y a la tarea intelectual siempre es un síntoma manifiesto del pensamiento fascista.

Este enaltecimiento del antiintelectualismo tiene como consecuencia la supresión de la conciencia y el espíritu críticos. Y dado que el análisis crítico intenta ver la complejidad y profundidad de las cosas, establecer distinciones analíticas, descubrir desacuerdos y valorizar la multiplicidad de las variantes, al despreciar esa mirada crítica, inevitablemente se desprecia también toda concepción y apreciación de la diversidad inherente a lo humano en todos sus planos. Así pues, Eco encuentra otra característica sobresaliente de esta mentalidad en la incapacidad de reconocer, de tolerar y aceptar la diversidad en cualquiera de sus formas.

Teniendo en cuenta lo que nos aporta Umberto Eco, podemos concluir que, igual que en el pasado, el pensamiento fascista hoy no sólo nace del miedo, sino que lo potencia, porque allí encuentra el oxígeno que le permite propagarse. Es el miedo lo que lo lleva a creer que la vía más rápida y eficiente para alcanzar la seguridad y superar la incertidumbre es poner la libertad en entredicho, tanto en su sentido como en su valor.

De manera sinergial y concomitante al crecimiento de este neo o posfascismo, también es preciso dar cuenta de la difusión en el ámbito religioso de otro fenómeno antiguo: el fundamentalismo, que en el presente ha adquirido renovados bríos, se ha dado nuevas formas de organización y ha desatado en su interior fuertes ambiciones de poder, con la idea de acelerar la misión de moldear la conciencia y restaurar los valores sociales perdidos o que, según su punto de vista, actualmente corren grave peligro. Para dicho objetivo, no cabe duda de que la educación es considerada un frente de batalla estratégico. El fundamentalismo es un sistema de verdades únicas y absolutas, reveladas de manera directa sin ningún tipo de mediación hermenéutica, que consagra y sacraliza un paradigma patriarcal fuertemente opuesto a todo tipo de mirada de género, de reconocimiento de aquellos derechos vinculados a la sexualidad, y que fomenta una actitud de sospecha ante la ciencia como virtual negación de la revelación y del orden natural establecido por Dios. Tan emparentados están el fundamentalismo y el fascismo que en América Latina algunos sectores han comenzado a hablar de un “cristofascismo” para resaltar sus coincidencias y sus alianzas.

Ambas corrientes confluyen, pues, en la idea de que la educación debe ser más estricta, disciplinante y moralizante, sin temor a que el autoritarismo se imponga como noción de autoridad y a que la enseñanza se reduzca a mero adoctrinamiento. No es casual que los sectores que hoy representan en nuestros países a estas dos corrientes reivindiquen, por ejemplo, la vuelta a una educación de corte militar y se opongan a los programas de educación sexual en la escuela porque conspiran contra su modelo de sexualidad y de familia, y contra la autoridad y la unidad de la familia.

De cara al miedo, como uno de los subproductos resultantes de la incertidumbre, y a estos efectos que acabamos de reseñar, me parece que hay que insistir en afirmar que la incertidumbre no se combate con el recorte de la libertad, sino con su profundización. Sólo por la vía de la libertad podemos crecer en humanidad, porque es allí donde radica nuestra vocación humana más auténtica, fruto de la obra creadora y redentora de Dios en Jesucristo. Por eso Pablo, atento a que la iglesia de los Gálatas vivía una situación que tenía puntos de contactos con la que acabamos de describir, pues estaba creciendo en su interior una corriente que pretendía volver al pasado, restaurando la autoridad, la seguridad y el orden establecido por la Ley mosaica, proclama contundentemente: “Para ser libres nos libertó Cristo. Por tanto manténgase firmes en esa libertad y no se sometan otra vez al yugo de la esclavitud de la Ley” (Gá. 5:1).

Hay que educar en y para la libertad, hay que hacer de la educación, como decía Paulo Freire, una práctica de la libertad, porque sin libertad no puede haber creatividad, y la creatividad es una capacidad fundamental para animarse a ir más allá de lo conocido, para encontrar nuevas respuestas cuando las viejas han agotado su sentido, o para recuperar y reciclar respuestas antiguas que siguen siendo fuente de reflexión, de orientación y de inspiración en medio de la sombría ausencia de certezas.

Sin libertad tampoco puede suscitarse el sentido de responsabilidad ni la capacidad de discernimiento, objetivos fundamentales para la educación en tiempos de incertidumbre en los que tan fácilmente se puede caer en el conformismo de la superficialidad y en la indiferenciación y el relativismo resultantes de la banalidad.

Pero además, sin libertad se inhibe la capacidad de amar, no solo porque la ausencia de libertad confunde el amor con sumisión o posesión, sino por algo que para Pablo resultaba esencial, tal como lo plantea en 2 Corintios 5: 14 y 15. Allí concluye que la muerte de Jesucristo, como máxima expresión de libertad, que lo hizo capaz de no aferrarse a la vida sino de ofrendarla por amor, nos libera para que ya no vivamos en función de nosotros mismos, sino para que nuestro horizonte de vida se amplíe en la posibilidad de vivir para Dios y los demás. Para decirlo con las propias palabras de Pablo: “y él por todos murió, para que los que viven ya no vivan para sí” (v. 15).

De manera que en ese vínculo entre libertad y amor, la libertad accede a su calidad máxima, porque va más allá de pensarse como una libertad de para concebirse como libertad para: libertad para la creatividad, para la responsabilidad, para la solidaridad y para todo aquello que podamos añadir que hace a la más plena vocación humana. Por su parte, el amor se experimenta como la sustancia de la vida y el camino por excelencia para alcanzar a ser aquello que Dios nos convoca a ser. Por eso, Pablo también puede afirmar en 1 Corintios 13: “si no tengo amor, nada soy”. En efecto, lo que define la calidad de nuestro ser es la capacidad y la disposición a amar.

Pero Pablo no se queda allí, sino que seguidamente añade –vv. 16 y 17 de ese mismo texto de 2 Corintios– que esa libertad para amar y ese amor en libertad todo lo transforma, todo lo renueva, incluso nuestra manera de conocer. Desde la libertad y el amor, el conocimiento deja de ser una mera relación sujeto-objeto, que el apóstol designa como “conocimiento según la carne”, para volverse un espacio de intersubjetividad, un encuentro, un evento de comunión que produce una religazón superadora de la incertidumbre, capaz de ofrecer nuevos sentidos.

En esto podemos ver un fuerte punto de contacto entre fe y educación, pues ambas tienen la tarea de religar, de conectar, de propiciar y tornar visibles vinculaciones en medio de una visión de la realidad que suele contraponer, fragmentar, compartimentar y desvincular.1 Creo que todavía seguimos demasiado imbuidos por una visión de las cosas que las opone de manera dual y que, a partir de esa contraposición, establece y legitima un orden jerárquico que falsea la realidad. Eso precisamente es lo que sucede, por ejemplo, con la contraposición dual de hombre-mujer, adultez-niñez, maestro-alumno, riqueza-pobreza, blanco-negro, y tantas otras. Por el contrario, la libertad y el amor superan la disyunción y compartimentación, permitiendo percibir la relacionalidad de las partes, su mutua correspondencia y afianzando eso que se ha dado en llamar el paradigma relacional de la realidad, que resulta fundamental como marco epistemológico, ético y afectivo para un conocimiento más integral e inclusivo.

 

1 Cabe aclarar que el concepto de la religazón no es mío, en mi condición de religioso, sino de Edgar Morin. Él dice: “De allí la necesidad, para la educación del futuro, de una gran religazón de los conocimientos resultantes de las ciencias naturales, con el fin de ubicar la condición humana en el mundo, de las resultantes de las ciencias humanas para aclarar las multidimensionalidades y complejidades humanas y la necesidad de integrar el aporte inestimable de las humanidades, no solamente de la filosofía y la historia, sino también de la literatura, la poesía y las artes”. Edgar Morín, Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, versión .pdf, p 22.

 

Más adelante retomaré esta idea de la relacionalidad, pero por el momento, tal vez valga la pena quedarnos con un interrogante. Siendo este un encuentro de instituciones educativas metodistas y reconociendo este punto de contacto entre fe y educación que recién señalamos, ¿qué contribución pueden hacer las áreas referidas a la educación cristiana para ayudar a la ligazón del conocimiento, en medio de instituciones y programas quizá aún muy estructurados en departamentos y materias que representan y garantizan la especificidad de cada área del conocimiento? Para decirlo en términos más simples, teniendo en cuenta que, como solemos decir, nada de lo humano le es ajeno a la fe, ¿cómo puede ayudar la educación cristiana a tomar conciencia de que todo tiene que ver con todo?

 

Posverdad

 

El último subproducto que también me parece importante no desconocer en el quehacer educativo actual es el fenómeno de la posverdad. A partir del cuestionamiento al cientificismo y al empirismo positivista de la modernidad, que le otorgaban estatus de verdad solo a aquello que podía comprobarse en los hechos y que establecían una relación completamente objetiva entre realidad y verdad, la cuestión de la verdad se ha vuelto mucho más compleja. La posverdad pone de manifiesto, por una parte, que no hay miradas absolutamente objetivas porque quien observa, juzga e interpreta la realidad siempre es un sujeto condicionado por su subjetividad. Esta es una contribución positiva de la posverdad, porque permite entender que no hay una verdad única, pues esta es siempre una interpretación y un relato del acontecer, una interpretación y un relato que más que reflejar la realidad, la construye. También es positiva porque pone al descubierto la simplificación del empirismo y los contenidos ideológicos que hay detrás de todo relato que se postula como lo absolutamente verdadero.

Pero dicha contribución positiva no debe cegarnos la visión de otros aspectos muy negativos y peligrosos, que afectan y sesgan el conocimiento para volverlo una herramienta cómplice y legitimadora del poder.

Entre esos aspectos negativos cabe resaltar las fake news que, en virtud de las redes de comunicación, se expanden vertiginosamente sin que sepamos de dónde provienen ni cómo controlarlas, sin que alcancemos a medir sus efectos ni conocer su propósito o a quién benefician, aunque esto último resulta presumible buena parte de las veces.

Otro de estos efectos negativos es la construcción de una hiperrealidad que se monta por sobre la realidad de los hechos para ocultarlos y falsearlos. Las visiones conspirativas a las que muchos gobiernos apelan para colocarse en el papel de víctimas inocentes y que justifican sus acciones de atropello como simples mecanismos de defensa, constituyen un claro ejemplo de esa hiperrealidad destinada a encubrir los verdaderos hechos, sus verdaderas intenciones y sus verdaderos objetivos.

Pero hoy nos encontramos ante una versión aún más cínica y escandalosa de la posverdad: la generación de mentiras ostensibles, que no se tratan de ocultar y que no generan ningún tipo de escozor en quien las emite. No cabe duda de que mentiras hubo siempre, y que estas han sido una herramienta frecuente en manos del poder, pero hoy nos enfrentamos a mentiras puestas al descubierto porque son dichas sin el más mínimo reparo, como una obscena muestra de poder y como manifestación de que el poder se percibe a sí mismo como más allá de todo, incluso más allá de la mentira, si conecta con lo que la gente quiere escuchar y sentir. El presidente Donald Trump es un claro ejemplo de esto.

Como no hay educación que no refiera al conocimiento, ni conocimiento sin remitirse a la verdad, este es un punto que la educación debe atender no sólo para lograr sus más fundamentales objetivos, sino también para que la agenda política e ideológica del poder no se imponga sobre los hechos y sobre la propia tarea educativa.

¿Cómo contrarrestar estos efectos perversos de la posverdad? Para responder esta pregunta es preciso afirmar algo elemental, esto es, que si bien no existen verdades puras y absolutas que determinen la realidad, ello no quiere decir que pueda haber verdades sin ningún asidero en la realidad. Las verdades siempre deben tener alguna vinculación y respaldo en los hechos. Por lo cual, me parece que hay que reivindicar el método científico, no como único modo legítimo de pensar y de conocer, pero sí como una referencia imprescindible para la comprensión de la realidad.

Por otra parte, a la verdad se accede dejándose interpelar por la realidad en su alteridad, dejándonos sacudir y conmover por todos los desafíos, por las diferentes perspectivas y las complejidades que ella nos presenta, que siempre desbordan la estrechez de mi mirada, de mis conceptualizaciones, de mis percepciones y la rigidez de mis verdades. De modo que a las verdades no solo se las encuentra aprendiendo a aprender, sino también aprendiendo a desaprender lo aprendido cuando haga falta.

Para avanzar en la respuesta a la pregunta de cómo evitar las perversiones de la posverdad, me parece importante retomar algo de lo que planteamos anteriormente. En primer lugar, es preciso reafirmar que hay educar en y para la libertad porque verdad y libertad están estrechamente vinculadas. No por casualidad Jesús dijo “conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn. 8:32). Cuando la libertad se ahoga, la verdad se oculta, y cuando la verdad es coartada, la libertad se reprime. En América Latina hemos comprobado esto durante los gobiernos autoritarios, y sus efectos todavía persisten, de manera especial con relación a la verdad.

En segundo lugar, la verdad se hace más accesible cuando sustituimos el paradigma de la disyunción por el de la relacionalidad, en el cual la verdad se revela más en la relación de las partes que en las propias partes, porque las partes siempre son el fruto de sus relaciones. La relacionalidad pone de manifiesto la interdependencia constitutiva de la vida y sus procesos: el agua existe en virtud del hidrógeno y el oxígeno; los seres humanos existimos por el agua; el yo existe porque hay un , y así también el conocimiento y la verdad existen en virtud del encuentro y la comunión de lo diverso. Precisamente a ese vínculo entre conocimiento, verdad y diversidad, exhibido por la relacionalidad, apunta Pablo cuando en la carta a los Efesios habla de “la multiforme sabiduría de Dios” (Ef. 3:10) que se expresa en el Dios de Jesucristo, “que es de todos, sobre todos, por todos y en todos” (Ef. 4:6).

En tercer y último lugar, el conocimiento religa no en virtud de la postulación de verdades únicas y totalizantes que niegan la diversidad, sino en virtud del amor que siempre le abre paso al reconocimiento de lo que está más allá de mis certezas o incertezas, que acepta y valora lo diverso como una invitación a la complementariedad y mutualidad, y que conecta la inteligencia con la cordialidad y la bondad. Para las cristianas y cristianos, esto no es nuevo, porque desde nuestra fe sabemos que no hay fuerza más religadora que el amor, por eso tenemos que vivirlo y transmitirlo en nuestra vida personal y en nuestras instituciones educativas.

Hasta aquí hemos planteado que estos tiempos de incertidumbre, ya sea en sus efectos positivos como, especialmente, en los negativos, constituyen un llamado a educar para la justicia y la bondad como camino a la felicidad; son un llamado a educar en y para la libertad para no ser presas del autoritarismo y del reemplazo de la ética por una moralidad que no cuestiona ni discierne, sino que se adapta a los valores de la tradición; y son un llamado a educar para el amor, para ser capaces de descubrir verdades más allá de “mi verdad” y para hacer del conocimiento una experiencia de comunión y encuentro con esa alteridad que se revela en el cosmos, en la naturaleza, en el entramado social y cultural, en la historia y en el reconocimiento del otro o la otra como prójimo, superando las distancias que nos separen.

 

Muertas las certezas, renace la confianza animada por la esperanza

 

A modo de preludio del final, quisiera invitarles a escuchar una canción, que si bien nos libra de la carga y la aridez conceptual, de la que espero que algo hayan podido rescatar, desde su belleza es una maravillosa invitación a pensar y sentir. La canción es obra del cantautor uruguayo Daniel Drexler y se titula “Movimiento”.2 Su letra dice así:

 

2 Se la puede ver y escuchar en este vínculo: https://www.youtube.com/watch?v=lIGRyRf7nH4

 

Apenas nos pusimos en dos pies comenzamos a migrar por la sabana, siguiendo la manada de bisontes, más allá del horizonte, a nuevas tierras lejanas.

Los niños a la espalda y expectantes, los ojos en alerta, todo oídos, olfateando aquel desconcertante paisaje nuevo, desconocido.

Somos una especie en viaje, no tenemos pertenencias, sino equipaje. Vamos con el polen en el viento, estamos vivos porque estamos en movimiento

Nunca estamos quietos, somos trashumantes, somos padres, hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes. Es más mío lo que sueño que lo que toco.

Yo no soy de aquí, pero tú tampoco. Yo no soy de aquí, pero tú tampoco. De ningún lado del todo y, de todos lados un poco.

Atravesamos desierto, glaciares, continentes, el mundo entero de extremo a extremo, empecinados, supervivientes. El ojo en el viento y en las corrientes, la mano firme en el remo.

Cargamos con nuestras guerras, nuestras canciones de cuna, nuestro rumbo hecho de versos, de migraciones, de hambrunas.

Y así ha sido desde siempre, desde el infinito; fuimos la gota de agua, viajando en el meteorito, cruzamos galaxias, vacío, milenios, buscábamos oxígeno, encontramos sueños.

Apenas nos pusimos en dos pies y nos vimos en la sombra de la hoguera, escuchamos la voz del desafío, siempre miramos al río pensando en la otra rivera.

Somos una especie en viaje, no tenemos pertenencias, sino equipaje. Nunca estamos quietos, somos trashumantes, somos padres, hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes.

Es más mío lo que sueño, que lo que toco.

Yo no soy de aquí, pero tú tampoco. Yo no soy de aquí, pero tú tampoco. De ningún lado del todo y, de todos lados un poco.

Los mismo con las canciones, los pájaros, los alfabetos, si quieres que algo se muera, déjalo quieto.

Somos seres en viaje, seres en camino, dice la canción. Es el camino lo que nos permite ser lo que estamos llamados a ser, es en el caminar y el movimiento donde la vida descubre su más auténtica sustancia y potencialidad. Esta es la razón por la cual Jesús relacionó tan estrechamente camino, verdad y vida como parte de una misma vocación, al presentarse como paradigma de lo humano: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.

Estamos en viaje, buscando nuevos horizontes porque las certezas han desaparecido. Más aún, me animaría a decir que la incertidumbre es lo que nos estimula a no detenernos, a no frenar el movimiento. Las certezas son cristalizaciones de lo que no es más que un momento en el dinamismo de la vida y de la historia; las certezas son concepciones finalizadas y totalizadas de lo que en la marcha no debe ser más que una etapa, y cuyo sentido es dar paso a otra diferente y nueva; las certezas son absolutizaciones homogeneizantes de un color que, en el fondo, no es otra cosa que uno más en medio de una inmensa y variada paleta de colores. Las certezas son, para decirlo en los términos de la canción, pertenencias que nos inducen a acomodarnos y que nos tientan a instalarnos en el orgullo de ser lo que somos, o lo que creemos ser.

Por eso no hay que darle a la incertidumbre un signo negativo, sino asumirla como una oportunidad para sustituir las certezas por algo mucho más profundo y vital: la confianza. Mientras que las certezas nos estructuran rígidamente, la confianza nos incita a caminar con expectativas y alegría, no como quien se siente perdido y desorientado, sino como quien intuye, palpita y anticipa lo que vendrá. Para decirlo con las palabras de la carta a los Hebreos, la confianza hace posible que marchemos como lo hizo Moisés en desierto: “como viendo al invisible” (Heb. 11:27).

Pero en la ausencia de certezas, ¿qué puede despertar y sostener nuestra confianza? Casi diría que la respuesta cae por su propio peso: la esperanza. Volviendo a la canción, la esperanza es nuestro equipaje para el camino, junto con lo que vimos antes: el espíritu de justicia y de bondad, la libertad y el amor, que se retroalimentan y nos permiten descubrir otras miradas y registrar otras verdades que amplían y transforman nuestra visión de las cosas y de los demás.

La esperanza nos equipa para acometer la marcha de manera confiada y expectante por tres aspectos que están en su base:

Conciencia crítica: La esperanza desabsolutiza el presente, por tanto suscita una conciencia cuestionadora del orden y de la situación imperante.

Conciencia anticipatoria: Por su apertura a lo nuevo, la esperanza revitaliza en el ser humano la sana inquietud de los desafíos, acicatea la creatividad y despierta sueños y visiones que llaman a lo que no es para que sea –como dice 1 Co. 1:28.

Conciencia de lo inesperado: Por su disposición para lo nuevo, la esperanza siempre guarda un lugar para lo imprevisible, echando por tierra toda comprensión determinista y mecanicista del presente y de la historia. Por lo tanto, cada acción, por pequeña que sea, vale la pena porque su impacto es inimaginable.

Finalmente, es muy sugerente que uno de los dos escenarios de la canción sea una gran biblioteca, conectando así esperanza y memoria de los conocimientos. La memoria, y de manera particular la memoria de nuestros aprendizajes y conocimientos, es parte del equipaje indispensable para ir hacia adelante. Precisamente esa debe ser la confianza de cada día de todas y todos ustedes en la tarea de educar; confianza que no nace de la certidumbre sino de la esperanza. Confíen en que si están educando para la justicia y la bondad, si están educando para el amor y la libertad, si están educando para no hacer esclavos de verdades únicas, si están educando con esperanza y para la esperanza, entonces están ofreciendo un maravilloso equipaje, ligero pero sustancioso, para que las niñas, niños y jóvenes con los que trabajan avancen en el camino.